Con estas dos super-pistas en forma de coiffes, supongo que casi tod@s ya hayáis adivinado que el destino de nuestras vacaciones de este verano fue la región de Bretaña, al noroeste de Francia* (vale, ayer hice trampa, porque el Mont Saint Michel está ya en la vecina Normandía, pero a dos pasos de la frontera entre ambas).
Después de un par de infructuosos intentos de viajar hasta allí en los últimos años, bien por el mal tiempo o por la falta de tiempo sin más, por fin puedo decir aquello de ¡prueba superada!. Y la verdad que es un destino genial para ir con niños. Eso sí, absténgase aquellos que busquen -sólo- sol y playa, porque el verano es más bien fresquito, muy en la onda de Asturias o la Galicia más al norte, pero las 3 familias de sevillanos que nos encontramos en Scaër, estaban encantados de la vida.
Bueno, a lo que íbamos. El viaje. 1.200 kms con dos niños pequeños en un coche y de un tirón serían una verdadera tortura hasta con un DVD portátil a bordo, así que la primera noche hicimos escala en La Rochelle.
Si tenéis que parar en ruta os la recomiendo con los ojos cerrados. Tiene todo el charme de la Francia de provincias y un casco antiguo para callejear tranquilamente y disfrutar de sus tiendas de artesanía. Su puerto deportivo también tiene un paseo y, si os gusta la historia medieval, os vais a poner las botas.
Pero bueno, este viaje escondía una faceta etnográfico-musical (Berto tenía que ponerse el «traje de tocar»), y durante 3 días pudimos descubrir parte de la riquísima y variadísima cultura ancestral bretona, bailar con ellos, degustar algún plato típico, oir muchas gaitas y comprobar cómo una sidra asturiana bien escanciada no conoce fronteras. (Cul sec!* -en francés, «de un trago»-, fue una de las expresiones más oídas durante el viaje)
¿Qué? ¿Os habéis quedado con ganas de conocer algo más de Bretaña? Pues me voy corriendo a preparar la siguiente entrada con más fotos del viaje. No os vayáis muy lejos.
1. ¿?, resto Vintage & Chic




