Dicen que las gaitas hechas por Alberto Fernández Velasco son las joyas de la corona, stradivarius con fuelle de terciopelo. Dicen que no hay gaitero de esta tierrina, avezado o principiante, que no sienta una punzada de emoción al tocar por primera vez una de «les gaites de Alberto».
Quienes aman el sonido de una gaita, los que se emocionan al escuchar un floréu tocado con avidez y descaro por unas manos traviesas y bien entrenadas, se han quedado un poco huérfanos este lunes. Uno de sus máximos valedores, un artesano perfeccionista, un investigador autodidacta, un hombre curioso y emprendedor, un buen paisano a fin de cuentas, se despidió de todos acompañado por los sonidos de su Asturias. Como él quería. Como tenía que ser.
El cuño de la palabra lucha lleva bien hundida la muesca que grabó en ella Alberto, como marcados a fuego lucen también su nombre cada uno de los instrumentos que salieron de su taller de Santurio, hechos a mano codo con codo junto a su inseparable Carmen. Objetos preciados de madera y piel, pedazos de Asturias diseminados desde hace años ya por los cinco continentes.
Se fue escuchando gaita, su pasión de toda una vida y estoy segura que en ese cielo infinito y probable, la gaita sonará más afinada a partir de ahora.
Estas palabras son un sentido homenaje para mi suegro, pero quieren ser además un abrazo de consuelo para mi marido, gaitero como él, gaitero gracias a él, que ha perdido más que a un padre y cuyo dolor busca alivio.
Adiós, güelito Berto. Descansa en paz.

