Hacía tiempo que tenía ganas de visitar el Museo del Traje y ayer por fin llegó ese ansiado día. Y se cumplieron todas mis expectativas. Qué digo. Se duplicaron. Tuve la enorme suerte de que el museo estuviera vacío. Sí, tal cuál, yo sola durante más de 2 horas con todas las salas para mí, con los audiovisuales para mí, pudiendo sentarme tranquilamente y admirar cada bordado, cada patrón, cada pespunte. Miriñaques y polisones. Sombrillas, casacas, calzones y chupas. Los Balenciaga codeándose con los Dior, vitrinas a rebosar de belleza, bordados con hilo de oro que se remontan al s. XVII ¿os imagináis?, corsés y zapatos de tallas imposibles, sombreros, y yo, humildemente, codeándome a su vez con ellos y babeando tras los cristales. El colofón, más bien el sofocón, vino en una de casi las últimas salas. Sin contar con él, y mezclado con otros diseños, un vestido blanco drapeado de Mme. Grès que os confesaré que sin saber que era suyo, lo supe nada más verlo. Mi mandíbula se descolgó en un ohhhhh de admiración como por arte de magia. Os doy mi palabra. Si te gusta la moda (no hablo de tendencias, hablo de ropa, de telas, de confección, de MODA) no te lo puedes perder.
Empiezo por unos guantes de piel y seda bordada de 1630, una de las prendas más antiguas de todo el museo.
Lo creáis lo no, estas medias de seda tienen casi 300 años. Son de 1720 y parecen sacadas del último catálogo de Calzedonia.
Bordados que superan cualquier cosa vista por mí hasta el momento.
Y cierro, al estilo de los grandes couturiers, con un vestido de novia de 1902. Estuve admirándolo como 2 ó 3 minutos. Cada detalle, cada bordado, cada corte. Vale, no tanto como al de Madame Grès, pero casi, casi.









